jueves, 1 de noviembre de 2012

El duende solidario

Hace mucho tiempo, los duendes eran criaturas mitológicas que sólo se dedicaban a hacer travesuras. Pero un día vino a su mundo un duendecillo distinto al resto: era un poco travieso, le encantaba gastar bromas, algo que tenía en común con los demás, pero en el momento adecuado para gastarlas. El duendecillo no era tan pesado como sus compañeros duendes: al contrario. Franklin era un duende educado y poseía un don único que lo distinguía del resto: el don de la solidaridad. Pero ese don no lo utilizaba sobre ellos, sino sobre los seres humanos, especialmente los niños. Le encantaban, y disfrutaba al verlos sonreír. No le gustaba verles llorar.

Franklin no había tenido amigos debido a su diferencia con los demás. A ningún duende menos a él le interesaba ser solidario y, mucho menos, con los humanos, las víctimas principales de sus bromas. Pero al duendecillo no le importaba, ya que contaba con el apoyo incondicional de su familia y de sus profesores, que lo apreciaban por cómo era.




El día en que se hizo adulto, Franklin se mudó al mundo de los humanos, donde construyó su nueva casa en un bosque, en el interior de un árbol. Y ahí fue cuando empezó a trabajar como duende de la suerte para los niños, y se hizo muy amigo de uno en especial.

Pascal Stoner era un niño que sacaba muy buenas notas, pero que tampoco tenía mucho en común con sus compañeros. A nadie le gustaba ir al colegio para estudiar y aprender, ni estaba interesado en la ecología como él, por eso lo dejaban al margen y lo consideraban un "rarito empollón".


Franklin conoció a Pascal un buen día de septiembre, tras haber acabado de trabajar en Francia durante todo el verano. Había regresado a su hogar, a Escocia, y estaba buscando a alguien al que ayudar. Pascal le llamó la atención: aquel niño estaba estudiando un buen fin de semana, cuando los otros de su edad estaban jugando en la calle.

La ventana de la habitación de Pascal estaba abierta, por tanto pudo entrar. Pascal, que hasta aquel momento estaba centrado en las matemáticas, levantó la cabeza y vio a Franklin, asustado.

-¡Aaaaaahhhh!-gritó-. ¡Mamá, mamá!-llamó a su madre-. ¡Un duende ha entrado por la ventana de mi habitación! ¡Corre y aplástalo antes de que me haga algo malo!

-¡Ssh!-le ordenó Franklin-. Tu madre no puede verme. Sólo tú puedes hacerlo.

La madre de Pascal apareció en el cuarto de su hijo con un matamoscas.

-¿Qué ha pasado, cielo?-le preguntó a su hijo.

-Ese duende de ahí-respondió Pascal, señalando al duende con el dedo.

Pero la madre de Pascal no veía nada:

-Yo ahí no veo nada, cariño.

Pascal aún no se rindió. Cogió al duende por la chaqueta y se lo mostró a su madre.

-¿Lo ves ahora?-le preguntó.

-Sigo sin ver nada, hijo-respondió la señora Stoner-. Yo veo que tienes las manos vacías. Anda, deja de estudiar y relájate un poco. Creo que estás demasiado estresado.

Dicho esto, la señora Stoner salió del dormitorio de su hijo, sonriéndolo antes de cerrarle la puerta. Pascal se quedó perplejo.

-Sólo las personas que necesitan una dosis de alegría pueden verme-dijo Franklin-. Y parece ser que tú la necesitas.

-Yo vivo con alegría-gruñó Pascal, sin fiarse de Franklin todavía.

-Entonces, ¿cómo es que estás estudiando en un día tan bueno y caluroso como este? Deberías salir a divertirte a la calle. Llama a un amigo tuyo y quedad para jugar-le sugirió a Pascal.

-No tengo amigos-le confesó Pascal.

-¿Puedo contarte una cosa?-preguntó Franklin.

-Claro-respondió Pascal, muy serio.

-Pero antes bájame-le pidió Franklin.

Pascal se sentó en su cama y posó, con sumo cuidado sobre ella, a Franklin. Los dos se miraron con seriedad.

-Yo tampoco tuve amigos cuando tenía tu edad por mis muchas diferencias con el resto de los miembros de mi especie-le confesó Franklin-. Desde pequeño tuve el deseo de poder ayudar a los seres humanos, de verlos felices, especialmente a los niños; mientras que el resto se dedicaba a gastar bromas pesadas a los miembros de tu especie y reírse de sus reacciones ante esas bromas.

>>Hace años que vivo aquí, en Escocia. He trabajado en muchos lugares ayudando a sonreír a la gente, he cambiado las vidas de muchas personas. He aportado mi ayuda en muchos sitios de todos los continentes del mundo. Y hasta ahora todo me ha ido bien. Pero no pienses que, para mejorar tu suerte, no tienes que hacer más que esperar...yo tengo que poner algo de mi parte, pero tú también.>>

Pascal escuchó atentamente a Franklin. Sus palabras parecían sinceras.

-Si quieres que tu suerte cambie, Pascal, tendrás que esforzarte. Voy a hacerte una pregunta y quiero que me respondas con sinceridad: ¿Quieres tener amigos?

-Sí-respondió Pascal.

-Pues sal a la calle-le dijo Franklin-. Si quieres tener un amigo de carne y hueso, el mejor lugar que hay para encontrarlo es la calle. Yo te acompañaré y te daré unos pequeños consejos. El resto depende de ti.

-De acuerdo-dijo Pascal.

Y, así, Pascal y Franklin salieron a la calle. Pascal le dijo a su madre que iba a ir a jugar a la plaza.

-Me parece bien-comentó la señora Stoner-, pero vuelve pronto para comer, ¿de acuerdo?

-Sí, mamá-respondió Pascal-. Adiós.

De camino a la plaza, Pascal escuchaba los sabios consejos que Franklin le iba dando.

-¿Me has escuchado bien?-le preguntó Franklin, una vez que llegaron a la plaza.

-Sí, te he escuchado-respondió Pascal.

-Pues ahora pon mis consejos en práctica-le dijo el duende-. ¿Ves a ese niño?-Franklin señaló a un muchacho de la misma edad de Pascal, de carácter tranquilo-. Acércate a él y rompe el hielo.

Pascal se acercó al niño, un poco nervioso; pero, aun así, no perdió la compostura.

-¡Hola!-saludó al desconocido-. Me llamo Pascal. ¿Y tú quién eres?

-Me llamo Charles-contestó el niño-. Encantado, Pascal.

-Igualmente-dijo Pascal, con una sonrisa-. ¿Puedo estar contigo?

-Claro-contestó Charles.

Pascal se sentó junto a Charles.

-¿En qué colegio estudias?-le preguntó Pascal-. No me suenas.

-Estudio en St. Denis-respondió Charles.

-Ah, estudias en St. Denis-dijo Pascal-. Yo estudio el último año de la enseñanza básica en St. Henry. Probablemente vaya a estudiar a St. Denis el próximo curso, porque St. Henry sólo tiene infantil y primaria. ¡Quién sabe, tal vez nos veamos!

-Sí, seguiré en St. Denis hasta que termine el Bachillerato-dijo Charles-. Aunque sea un colegio un poco caro y se tenga que llevar uniforme, merece la pena estudiar allí, créeme. Es más, en las actividades lúdicas te lo pasas estupendamente. Te lo pasarás en grande si decides estudiar allí el próximo curso. Garantizado al cien por cien.

-¿Qué asignaturas te gustan?-le preguntó Pascal.

-Todas menos Educación Física: es lo que peor se me da-respondió Charles.

-¡A mí también!-exclamó Pascal, sorprendido porque tuviesen al menos un detalle en común.

Pascal y Charles, a lo largo de la conversación, se habían dado cuenta de que ambos tenían muchas cosas en común: la Educación Física era su punto débil, ambos no tenían amigos, a ambos les gustaban las ciencias naturales, la literatura, la historia y las matemáticas...

A lo largo de la semana siguiente, Franklin fue ayudando a Pascal a cultivar una amistad entre éste y Charles, a través de sus sabios consejos. Pero ellos no solamente se habían hecho amigos: también surgió, entre Pascal y el duende, una muy buena amistad.

Cuando Franklin estaba a punto de marcharse, Pascal se había disgustado: había tenido una pelea con Charles.

-Tuvimos una pelea porque queríamos sacar el mismo libro en la biblioteca. Sólo había un ejemplar, y nos empezamos a comportar como niños pequeños: yo quería el libro, él también. La bibliotecaria, al ver nuestro comportamiento, nos quitó el libro y nos echó directamente. Me siento mal y muy avergonzado de mí mismo. Jamás me había comportado así con nadie, y mucho menos en la biblioteca. Intenté arreglar las cosas con él, pero no quería hablarme. Y él no parecía tener ganas de arreglar nada.

-Deja que la tormenta vaya desapareciendo lentamente. Como dice un refrán: "Después de la tormenta viene la calma"-dijo Franklin-. Seguramente ahora no quiere arreglar las cosas, pero probablemente dentro de una semana quiera volver a ser tu amigo. Ten paciencia y dale tiempo para reflexionar.

Y, efectivamente, al cabo de una semana, Charles fue a casa de Pascal a disculparse en persona. Ambos volvieron a ser amigos. Franklin sonrió cuando se reconciliaron: no sólo había cambiado la vida de Pascal, sino que también había cambiado la vida de Charles. Había matado dos pájaros de un tiro inesperadamente.

Pascal vio al duende, que continuaba sonriendo, y se acercó a él:

-Gracias, Franklin. Gracias por haberme ayudado a cultivar esta maravillosa amistad. Cuidaré de ella lo mejor que pueda. Pero también tendré en cuenta la nuestra.

-No hay de qué, Pascal-dijo Franklin-. Y yo también cuidaré de nuestra amistad.

El niño y el duende se estrecharon la mano. A pesar de que estuvieran lejos el uno del otro, Franklin y Pascal cuidarían de su amistad.

-Una última cosa antes de que me vaya, Pascal-dijo Franklin.

-Dime-accedió Pascal.

-Sé feliz y sé tú mismo. La verdadera belleza está en el interior, y la verdadera felicidad depende de uno mismo. El hecho de que tú seas feliz sólo depende de ti. Realmente, mi trabajo sólo consiste en hacer que los humanos sigan unas pautas para que se sientan felices consigo mismos.

-Lo intentaré, gracias por el último consejo-dijo Pascal.

-De nada, para eso están los amigos-dijo Franklin.

Pascal y Franklin se dedicaron una última sonrisa, antes de que Franklin fuera en busca de otra persona a quien ayudar. 

-Hablabas con Franklin el duende solidario, ¿verdad?-le preguntó Charles, que había visto la despedida de Franklin y Pascal.

-Sí, es amigo mío. Pero no te sientas celoso: tú también puedes tener otros amigos, no sólo a mí-dijo Pascal-. Franklin fue quien nos ayudó a cultivar nuestra amistad.

-No te preocupes, no soy una persona celosa-dijo Charles-. De hecho, yo también soy amigo de Franklin.

-¿Ah, sí? ¿Y cómo es que no me lo habíais dicho?-preguntó Pascal.

-Franklin ayudó a mi hermano a dejar de deprimirse-le explicó Charles-. De no ser por él, Eugene nunca hubiera salido de su depresión. Deberían darle un premio: ha y está ayudando a mucha gente infeliz, y con infelicidades desde un grado mínimo hasta un grado máximo. Y hasta ahora ha tenido mucho éxito.

-Créeme, se lo darán, de eso estoy completamente seguro-dijo Pascal-. La gente como él siempre acaba recibiendo alguno. Y, si no se lo dan, el mejor premio para él es la buena valoración que hagamos sobre su trabajo. Habrá unas cuantas personas a quien no les gustará, porque siempre hay alguien a quien no le gusta cualquier cosa; pero por lo general yo creo que gustará.

-Yo también lo creo-comentó Charles.

Los años fueron pasando. Franklin se hizo mayor, y recibió dos premios. No sólo los seres humanos reconocieron su trabajo, sino también algunos duendes. En cuanto le llegó la hora, su hijo Edward decidió continuar con su trabajo. Y así, sucesor tras sucesor, todos los descendientes de Franklin fueron ocupando su puesto y ayudando a todo el mundo.

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