martes, 10 de julio de 2018

La cara oculta de la luna

    Muchos probablemente se pregunten por qué he dedicado un poema tan duro a París en mi última entrada, cuando se supone que he sido una persona muy afortunada al haberme sido adjudicado este destino; cuando se supone que París es una ciudad magnífica, llena de rincones preciosos para descubrir y otras tantas afirmaciones de este tipo. Hoy, tras mucho tiempo pensándolo, he decidido publicar esta entrada, en la que desahogaré todo lo que he vivido, pues para mí escribir tiene un efecto catártico y me reconforta una vez he acabado de contar con detalle lo que sucede a mi alrededor.


   No hay que ser negativo ante las circunstancias de la vida. Todo sucede por algo, y no hay que preguntarse siempre el porqué, pues muchas preguntas nunca son respondidas: hay ciertas experiencias que suceden, simplemente, porque han tenido que ser así, y porque la existencia humana se compone de buenos momentos y malas rachas. Haber podido hacer mi Erasmus en Sorbonne Université ha sido uno de los mejores acontecimientos de mi juventud, con lo bueno y con lo malo que esto ha implicado: he estado en una de las mejores universidades de Europa (en la que he aprendido un montón sobre lengua y literatura española), he conocido gente buena, he descubierto rincones que nunca había visto las dos veces anteriores que estuve allí, he mejorado mi nivel de francés, he ido afianzando una relación seria... Si echo la vista atrás, la mayoría de las aportaciones que me ha brindado el Erasmus han sido positivas. Sin embargo, esta experiencia también ha tenido sus espinas, entre ellas la dura vida de residente en París: la pérdida de tiempo que supone el uso del transporte público (que allí funciona, por lo general, bastante mal), el estrés que conlleva vivir en una gran ciudad, la frialdad de las personas (allí, los estudiantes Erasmus no son recibidos de forma calurosa y efusiva) y, sobre todo, su gran falta de empatía

     Si bien es cierto que París barre a mi ciudad en muchos ámbitos (está, a nivel general, mucho más desarrollada), también flaquea en otros, como el hecho de ponerse en el lugar del otro o el desconocimiento de lo que en España y en otros países del mundo se conoce como educación en valores. No se preocupan por la propiedad o el bienestar ajenos, gestos que en España solemos tener en cuenta y agradecer: por ejemplo, en el momento en que entregué las llaves a la directora de mi residencia de estudiantes, esta no se ha dignado a preguntarme cómo me encontraba al final de la estancia o a desearme un buen viaje de regreso a casa, algo que en otras regiones de Francia y en otros países sí se hace, aunque sea por un simple gesto de cortesía. El saludo tampoco es punto fuerte: algunos lo hacen de forma forzada y otros ni tan siquiera se molestan. En cambio, una minoría sí lo da o lo devuelve de forma gustosa. Podría citar muchas otras situaciones, pero el objetivo de esta reflexión es mostrar a los demás París con sus innegables e indiscutibles virtudes, pero también con sus defectos: quiero mostrar la realidad que he vivido, no enfatizar más en el mito. Y con respecto a la educación en valores, si se les plantea esa idea la contemplan con extrañeza, como si nunca hubiesen oído hablar de ella. 

     Además de la (prácticamente) carencia de estos elementos tan (a mi juicio) importantes para educar a las personas, París vive con una permanente obsesión por el dinero. Es cierto que, además de ser una gran ciudad, el nivel de vida es muy alto, pero eso no significa necesariamente que haya que pagar hasta por respirar. Por ejemplo, en mi residencia de estudiantes he tenido que pagar una cantidad considerable para salir definitivamente, sin tener en cuenta que soy estudiante, no tengo trabajo alguno y mis padres son quienes me avalan: hay que dejar el apartamento limpio y decente, de acuerdo, pero tampoco es necesario que compre ciertos materiales para el siguiente inquilino. En todo caso, tendría que ser la residencia quien lo hiciera, sobre todo por cuestiones morales y de decencia: yo he alquilado una habitación, luego mi deber sería dejarlo limpio, vacío y ordenado antes de marchar, pero sin exquisiteces de por medio.

    Un profesor que he tenido en Sorbonne dijo en una de sus clases que éramos muy afortunados de poder vivir en París, ya que es una hermosa ciudad y tiene rincones muy bonitos, además de los ya conocidos (Notre-Dame, Tour Eiffel, Pont des Arts, Louvre, Orsay...). También nos dijo que cualquiera daría lo que fuese por estar en nuestro lugar. Ante esta afirmación debo decir que, en mi más sincera opinión, he tenido la gran suerte de haber podido estudiar en Sorbonne y de haber conocido más en profundidad una ciudad que creía haber tenido lo suficientemente vista; en cambio (y analizando detenidamente mi experiencia como residente), vivir en París no ha sido tampoco la panacea universal. Y esto no quiere decir que la deteste, ni mucho menos: he conocido y explorado recovecos de lo más interesantes y bonitos, pero habitar allí es un auténtico infierno (por lo menos, así lo ha sido para mí). Repetiría la experiencia, pero como turista: hubo muchos sitios que me han quedado por ver y me encantaría volver para visitarlos a mi ritmo, pero no regresaría allí para quedarme, porque no estoy hecha para las grandes ciudades (prefiero, sin lugar a dudas, la calma), apenas he tenido tiempo libre (que es algo de lo que sí dispongo en mi "pequeño mundo") y es una ciudad en la que no te puedes desplazar de ninguna forma, dados los retrasos en el transporte público y la pérdida de tiempo que supone el ir andando hasta cierto punto de la ciudad (vivía a una hora y media a pie aproximadamente de una de las facultades en las que estudiaba, luego no compensaba ir caminando en caso de pérdida o supresión de trenes).

   Después de este escrito, probablemente alguien piense lo negativa y exagerada que puedo ser, pero yo soy consciente de lo que estoy escribiendo y de los hechos que he vivido. Como dice el gran Zafón en su libro Marina, "todos tenemos un secreto escondido bajo llave en el ático del alma"; y París tampoco se exime de esta afirmación.

Fuente: akifrases.com

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